4 de abril de 2010

Cuestión de Compromiso

Ponencia con ocasión del Foro sobre Educación Musical en La Calera, Cundinamarca el 26 de Septiembre de 2009:


Los Compromisos ciudadanos en la construcción de las nuevas políticas culturales de la Colombia del S. XXI.

Documento de Discusión.

Escrito por: Santiago Piñerúa Naranjo.


“El desarrollo y promoción de la educación artística comprende no sólo la elaboración de programas específicos que despierten la sensibilidad artística y apoyen a grupos e instituciones de creación y difusión, sino también el fomento de actividades que estimulen la conciencia pública sobre la importancia social del arte y de la creación intelectual.”


Declaración de México sobre Políticas Culturales. 1982


En 1991 la nueva Constitución Política abrió las puertas a la diversidad cultural con la mención de Colombia como una nación multiétnica y pluricultural, lo cual dio inicio a todo un movimiento político, cultural, civil y académico que se ha fortalecido con el pasar de los años y ha contribuido a la configuración de nación desde diversos sectores nacionales. La legislación colombiana ha adoptado la nueva concepción de la Constitución y ha producido todo un marco legal que le respalda permitiendo la descentralización del poder ejecutivo y el crecimiento de los sectores de la sociedad de manera autónoma.

El sector cultural desde entonces se ha fortalecido notoriamente pues gracias a los planteamientos constitucionales se pasó de hablar de cultura a hablar de lo cultural, abarcando mucho más que las manifestaciones artísticas e incluyendo todas las expresiones que responden a la construcción de una sociedad, de sus individuos y sus costumbres, representadas como formas de vida, gastronomía, rituales sociales definidos y formas de vestir entre muchos otros.

Junto con esta nueva mirada de lo cultural nacen también derechos constitucionales que permiten a los individuos expresarse dentro de sus particularidades y sus entornos en principios de igualdad, respeto y responsabilidad social, dando así un espacio a la construcción de discursos disímiles que hacen parte de la diversidad de un pueblo.

Dentro de estos derechos la Constitución Política de 1991 en su artículo 70 afirma que es obligación del Estado promover y fomentar el acceso a la cultura de todos los colombianos en igualdad de oportunidades, por medio de la educación permanente y la enseñanza científica, técnica, artística y profesional en todas las etapas del proceso de creación de la identidad nacional”. Y legitima en sus diversas manifestaciones a lo cultural como “fundamento de la nacionalidad.

Así, la educación (que juega un papel inapelable en el proceso de construcción de las sociedades) se ve entonces permeada por el nuevo concepto de lo cultural y poco a poco la legislación que regula este sector traza una ruta común con el sector cultural y el Ministerio de Educación y en ese momento COLCULTURA emprenden un trabajo conjunto que reúne a lo educativo y lo cultural: la configuración de una nueva educación artística.

Se formula la Ley 115, o Ley General de Educación en el ´94, la cual posiciona a la educación artística (que denomina Educación artística y cultural) como área fundamental del conocimiento (artículo 23) por lo cual debe ser incluida en todas las instituciones educativas a nivel nacional. Por otra parte la Ley 397, o Ley General de Cultura emitida en 1997, crea el Ministerio de Cultura en reemplazo de COLCULTURA y reconoce las características intrínsecas en el arte afirmando que posee la capacidad no sólo de contribuir en la construcción de sociedades con principios de igualdad y respeto sino también de potenciar, preservar y proyectar la riqueza multiétnica de los países y su diversidad.

Para el año 2000 el panorama legislativo era muy favorable para la educación artística y es el momento en que se exponen los Lineamientos Curriculares de esta área, los cuales pertenecen a la serie de lineamientos curriculares para las áreas fundamentales que publica el Ministerio de Educación Nacional (MEN). Pero contrariamente a todo lo que se había construido hasta ese momento, éste documento retoma un concepto de cultura que abarca lo artístico, lo estético, las intenciones humanas en la construcción de la obra de arte y las teorías críticas de las corrientes de pensamiento que hablan del surgimiento del arte entre muchos otros conceptos que son vistos a la luz de Kant, Hegel y otros autores, dejando por fuera a las manifestaciones humanas no artísticas que también hacen parte de lo que se llamó cultura, lo que llamamos lo cultural.

Para la fecha en que fueron redactados los Lineamientos ya se evidenciaban muchas de las problemáticas que afectan aún hoy día a la educación artística y si bien los ejemplos tomados en el documento se refieren a situaciones particulares, estas dificultades se presentan en la gran mayoría de las pocas instituciones que poseen educación artística en la actualidad en sus planes de estudios.

Pese a que después de la formulación de la Ley General de Cultura se pasó de una educación estética (parafraseando los lineamientos curriculares): “educación de lo bello, apreciación de lo armónico y la comprensión del entorno a partir de las percepciones que nos formamos con ayuda de los sentidos y de la reflexión” a una educación artística “que estudia […] la sensibilidad mediante la experiencia (experiencia sensible) de interacción transformadora y comprensiva del mundo, en la cual se contempla y se valora la calidad de la vida, cuya razón de ser es eminentemente social y cultural que posibilita el juego en el cual la persona transforma expresivamente, de maneras impredecibles, las relaciones que tiene con los otros y las representa significando la experiencia misma”.


El arte sigue estando separado de la educación en muchos ambientes y paradójicamente existe un distanciamiento entre el sector cultural y el educativo que perjudica a la educación artística y su participación en la sociedad.

Mientras que el Ministerio de Educación se encarga de ella (de la educación artística) dentro de lo formal es el Ministerio de Cultura a quien le compete ésta dentro de lo no formal, situación que evidencia una de las más grandes necesidades del área: es preciso solventar la fragmentación del sistema educativo en su articulación con el sistema cultural.

Evidentemente la lejanía entre lo formal y lo no formal también se constituye como un impedimento para la integración del área, dándose que los procesos en uno y otro sector de la educación se encuentren en constantes enfrentamientos académicos y muchas veces no se reconozcan mutuamente como parte de un mismo sistema con fines comunes y metas de construcción conjunta.

La educación formal y sus representantes en muchas ocasiones niegan de manera tácita el aporte de lo no formal y lo informal a la educación artística y al sector cultural, desvirtuando prácticas artísticas “rudimentarias” o “primitivas” por no poseer todo el bagaje cultural de la academia, los principios técnicos y las posiciones estéticas que durante siglos hemos considerado correctos. Como si hubiera una mejor cultura o un mejor arte.

A su vez la educación no formal pretende soslayada mente romper con los paradigmas de la academia centroeuropea de los siglos XI al XX y construir un nuevo discurso académico que se ubique en el contexto de un continente como Suramérica, en un país como Colombia, y en el transcurrir de un siglo como el que nos corresponde, pero muchas veces estableciendo visiones parciales del arte que no reconocen los orígenes que como pueblo colonizado nos corresponden como herencia e historia propia.

Como sector nos desconocemos más de lo que deberíamos en muchas áreas, permitiendo que incluso nos neguemos unos a otros, a nuestras visiones y nuestras manifestaciones artísticas. Debemos construir un nuevo discurso a través de un lenguaje artístico que los colombianos, aún sin ser artistas, comprendamos y con el cual todos nos sintamos identificados y partícipes en la configuración de nación y nacionalidad.

Se hace necesario también el diseño de unos lineamientos curriculares que integren las perspectivas de los educandos más allá de las respuestas de encuesta que están consignadas al inicio del documento actual y que estén acompañados de la regulación, veeduría y sanción por parte del Ministerio de Educación y organismos ciudadanos y académicos establecidos.

Es prioritaria una participación de los actores de la educación superior y la no formal en el diseño de planes de estudio graduales para los niveles educativos previos los cuales ofrezcan desde el preescolar hasta la media vocacional suficientes herramientas a los estudiantes para tomar carreras del sector artístico sin tener que realizar estudios complementarios a los de su proceso normal.

¿Por qué se enseña suficiente cálculo para ser ingeniero, o suficiente lengua castellana para escribir correctamente un buen ensayo y no se enseña a cantar afinado? ¿O a sentir el cuerpo e interpretarlo junto con el entorno? ¿Por qué no enseñamos a pintar más y dejamos de lado el mito del talento? ¿Por qué no educamos el juicio ético y estético en conjunto para no tener que prohibirles a nuestros estudiantes que bailen reggaetón de maneras que avergüenzan a sus padres? ¿Para no tener que explicarles a los niños que los gangsters y las mujeres semidesnudas que salen lanzando dinero en los videos musicales no responden a la realidad de una sociedad que construye un futuro de igualdad y respeto como pretendemos?

En algunas situaciones las instituciones de formación artística paradójicamente formalizamos la diferencia dentro de marcos rígidos y ajenos a nuestra realidad y nuestro tiempo pero a la vez reconocemos su importancia en una sociedad globalizadora que homogeneíza los discursos y los convierte en mixturas que responden a la demanda de lo intimo, privado y propio en lo público. Desvirtuamos el vallenato, pero sabemos todas las canciones de Los Diablitos, Los Inquietos, Los Gigantes, El Binomio y demás grupos del género. Pedimos a nuestros estudiantes que escuchen más a Bach, a Mozart y a Beethoven pero sólo les hablamos de Rafael Escalona o de Jorge Villamil cuando supimos de su muerte. Como artistas con frecuencia negamos de manera inconsciente la validez de nuestros saberes no académicos y como colombianos a veces no reconocemos la riqueza de nuestras expresiones, actitud que heredamos del proceso de colonización, aún muy marcado en nuestra sociedad.

Las singularidades de los individuos propenden hacia la formación de discursos pluralistas y políticas que les correspondan, pero dicha situación también plantea un conflicto en el diseño de un sistema social que integre, en igualdad, a todos los actores presentes en la sociedad y los convierta en agentes de transformación sociocultural.

Para planear dentro del sistema cultural que en sí mismo es complejamente singular (aún cuando maneja cánones, estándares, imaginarios y principios colectivos y comunes) se requiere renovar la mirada mercantil del arte y de sus principios de subsistencia dentro del sistema de gobierno. No podemos seguir pensándole únicamente como producto o servicio. Sino como derecho. Como espacio de participación ciudadana. Como herramienta de construcción política. Como punto de partida en la construcción de un buen futuro. Educar en artes trasciende más que crear slogans que publiciten ante el mundo identidades que se pierden en el sabor de las papas de chorizo y limón o en la melena de “El Pibe”, en los corazones de Colombia es Pasión® y en la suma de nuestros Grammys obtenidos. Educar en artes es más que unir en un escenario a la Filarmónica de Bogotá y a Joe Arroyo y realizar cada 20 de julio un Gran Concierto Nacional.

La importancia de la educación artística dentro del currículo en la mayoría de los casos sigue siendo lúdica. La muestra gratis que mencionaba Miñana hacia el 2004 en su escrito “Tiene sentido hoy hablar de políticas públicas en educación artística” sigue teniendo validez. El rol instrumental en las políticas de paz se ha fortalecido convirtiendo a la educación artística en la panacea del conflicto y la utopía de la libertad y autonomía escolar. Para ello nos basta con recordar la famosa frase: “Todo niño que toque un instrumento jamás empuñará un arma”. Como si el sonido de los instrumentos acallara las voces del desplazamiento, detuviera las balas perdidas e impidiera las acciones que ponen en tela de juicio la moral de algunos de nuestros dirigentes. Como si al mejor estilo romano aún tuviéramos pan y circo.

Es necesario en este punto nombrar los avances que hemos tenido como sector y resaltar la labor del Ministerio de Cultura, el Departamento Nacional de Planeación y el Ministerio de Educación, entre otras instituciones oficiales, en el diseño del Plan Nacional para las Artes, el Plan Nacional de Cultura, el Plan Nacional de Música para la Convivencia y las iniciativas del SINIC (Sistema Nacional de Información Cultural) y el SINFAC (Sistema Nacional de Formación Artística y Cultural) además de los programas de concertación y la iniciativa y apoyo de eventos académicos como el recién llevado a cabo Congreso Nacional de Música. Además de instituciones como Acofartes (Asociación Colombiana de Facultades de Artes) y quien nos convoca Fladem, entre otros.

Pero el gran vacío no se encuentra en el diseño de estas iniciativas gubernamentales sino en la participación que tenemos los artistas, los docentes en artes, los estudiantes de carreras del sector y los ciudadanos en general que no nos reconocemos como arte y parte en la política. Que nos profesamos apolíticos sin hacer política más allá del voto. Que no ejercemos el “derecho a la rebelión” del que habla Foucault y que no asumimos una posición de veeduría frente al cumplimiento de las políticas que se formulan y las que están a puertas de ser renovadas como el Plan Nacional de Cultura, el Plan Nacional para las Artes y los programas de Revolución Educativa del MEN entre otros.

Hoy, para nosotros los aquí presentes debe ser claro que educar en artes debe ser aportar al futuro con programas de impacto sociocultural y con herramientas para la formación de individuos con mirada crítica y juicios de valor claros que permitan la formulación de propuestas sólidas para el progreso social y el fortalecimiento de los tejidos sociales. La educación artística no debe ser una política de gobierno, debe ser una política de estado. Y estado somos todos.


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15 de marzo de 2010

¿Y qué pasaría si en algún momento descubriéramos el botón para darle reset a la sociedad colombiana?

Ensayo beligerante de poca monta.

Autor: Santiago Piñerúa Naranjo

Aunque es una pregunta utópica y apocalíptica, no constituye una locura si se observa más allá de la aparente banalidad que propone, y que sólo responde a la constante perplejidad que causa el mundo en el autor.

“Los seres humanos somos seres de costumbres” he escuchado muchas veces, pero realmente considero que hemos sido educados dentro del marco que ofrece dicha frase reafirmándola hasta hacerla creíble generación tras generación, pero no necesariamente cierta. Nos definimos por lo que lo que somos, pero somos reflejo de lo que otros son y han hecho que seamos. Identificamos con facilidad y aceptamos nuestras similitudes, pero chocamos casi inmediatamente con lo que consideramos diferente impidiéndonos dialogar con ellas y entendiéndolas como “naturales” al ser humano.

Nuestra “manera” es “la manera”, hasta que descubrimos que no sólo existen otros modos que se validan dentro de contextos que no conocemos muchas veces por temor a resultar cuestionados o en el peor de los casos contagiados. ¿Cómo podemos determinar qué clase de personas somos sin entender que no siempre fuimos así y que hemos sido, no siempre de manera consciente y permitida, moldeados por el entorno? Somos eclécticos por naturaleza, asumiendo que hay algo verdaderamente natural en nosotros y en nuestra condición de productos histórico-sociales. Como bien lo menciona Ingrid Bolívar: “ciertas relaciones políticas son naturalizadas a través de su conversión en rasgos culturales”, pero aunque el concepto relaciones políticas nos suene a ejercicio democrático de votación cada tres o cuatro años a muchos, dichas relaciones se dan en muchos espacios como la familia y la escuela que responden a sistemas “taxonomicistas” que concuerdan con los mismo principios de ordenamiento social.

No somos colombianos simplemente por nacer en Colombia (y lo digo con conocimiento de causa, con el pasaporte colombiano en una mano y la cédula venezolana en otra), y se demuestra cuando cruzamos las fronteras de nuestras regiones nacionales y nos sentimos ajenos a “nuestra cultura colombiana” polisémica y multicultural. Vivimos observando a Colombia desde latitudes europeas y estadounidenses, afirmándonos atrasados y tercer mundistas y desconociendo la validez y riqueza de nuestro pueblo en sus expresiones profundamente colombianas.

Pero existe una paradoja que encierra esa colombianidad y todo lo que se etiqueta como identidad. Para Bolívar, citando a Bordieu:

“el “reconocimiento” de una identidad es el “reconocimiento” de un destino social y […] “todos los destinos sociales, positivos o negativos, consagración o estigma, son finalmente fatales- quiero decir mortales- porque encierran a aquellos que distinguen de los límites que les son asignados “

Es precisamente la imposibilidad de un pueblo para reconocerse en toda la dimensión de sus expresiones lo que hace que se relativice su homogeneidad como nación. No somos seres homogéneos en sociedades homogéneas y en un continente homogéneo, entonces ¿por qué seguimos buscando el reconocimiento de una identidad cuando somos una mixtura de culturas? Tal vez en nuestra eterna comparación con los modelos europeos aún presentes en nuestra sociedad y la cultura norteamericana, hemos olvidado nuestra condición mestiza y hemos permitido que se hundan nuestros campos en la sangre que construye las metrópolis.

Bolívar menciona a Norbert Elias y a su enfática posición sobre lo individual de la identidad y la relación histórica entre la preeminencia de la identidad en diferentes sujetos antes de llegar al yo. Y afirma luego:

“es por esto que la identidad como pregunta y no como hecho dado de pertinencia o vinculación a un nosotros, sólo puede emerger en las condiciones en que miembros de un grupo cada vez mayor de seres humanos está en una capacidad relativa de separarse de sus grupos de origen y/o de asegurarse, por vías alternas, la protecciones física, la supervivencia y el respeto de los otros”

Es aquí donde es prioritario reconocer que dentro del concepto de identidad existe un yo y un nosotros. Que la sociedad a la que pertenecemos es transformable desde nuestra singularidad y nuestra acción. Que aunque la subversión armada no es el camino, la intelectual sí.

La educación, que pertenece al entramado político que homogeneíza a los ciudadanos junto con la familia en una primera etapa, permite también de manera paradójica que se creen espacios de expresión para aquellos que distinguen de los límites que les son asignados. El arte que responde a una realidad propia alimentada de otras realidades, que concierta al individuo con su entorno y enaltece a ambos, proporciona otro espacio para la expresión y la construcción del sujeto.

La educación artística entonces podría concebirse como un lugar común y neutral donde construir el yo y el nosotros del que hablaba Elias, pero irónicamente no es la premisa más sobresaliente de la educación artística en nuestra sociedad. La tradición centroeuropea dominante y ajena a nuestra época sobresale como gárgola de manera burlesca en la edificación del arte colombiano. ¿Somos conscientes de ello? ¿Hacemos algo al respecto aparte de observar de manera lacónica y bucólica las expresiones de los pueblos que de manera despectiva llamamos pueblos? Considero necesario que como artistas y educadores seamos reflexivos en exceso y contestatarios con vehemencia para que eduquemos con sentidos, más allá de la vista y el oído. Creo firmemente que el conocimiento del arte colombiano no se encuentra en sus conservatorios, sus escuelas de teatro y danza o sus talleres de pintura, allí sólo yacen desde hace años pesados eslabones de las cadenas que aún nos unen con nuestra madre España y a través de ella con Europa. No propongo anarquía cultural (aunque a veces lo desee) ni prender fuego a las bibliotecas, pero si proclamo rebeldía consciente y tolerante ante el sistema. Ante todo el sistema.

La posibilidad de formación del criterio y el gusto que ofrece la educación artística no es similar a la que pueda darse en otra disciplina, porque la singularidad presente en las expresiones simbólicas da cuenta de manera directa de la creación del individuo y de la participación de la sociedad, es por esto que mantener una unión forzosa con la tradición traída por los españoles y demás conquistadores que ha tenido este país y que algunos han adoptado y reconocido como propia, es inconcebible para un hombre latinoamericano, colombiano y que pertenezca al siglo XXI.

Debemos educar en artes con presencia y pensamiento políticos, respondiendo a nuestra condición ciudadana y nuestra obligación moral. Somos actores políticos, creadores y reformadores de pensamiento, insurgentes ideológicos, formadores de sentidos, bufones del sistema, constructores de críticas y educadores de ciudadanos. Si nos reconocemos como tales, nuestro arte no sonará sólo en las tarimas y las aulas, resonará en las mentes y repercutirá en nuestras sociedades, en plural. En Colombia, en plural.

Es imposible reiniciar el mundo a la manera de la trilogía de los hermanos Wachoski, pero si podemos eliminar los excesos de verdades absolutas en nuestras mentes y en las de quienes educamos en artes. Podemos enseñar a sentir con sentido. Propio y colectivo. Como colombianos y como Colombia. No más imitaciones mal hechas de lo que hemos estado haciendo desde hace siglos y que no nos pertenece salvo por el espacio que posee en nuestra memoria por la fuerza de la repetición. Para mí ese sería el reset que necesita la educación artística colombiana. Un reset mental que cuestione al individuo y a su entorno. Que redefina lo que significa estar en este país, en este momento histórico.


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De la Insurrección Artístico-Cognitiva

De la Insurrección Artístico-Cognitiva

Educación Artística y Desarrollo Cognitivo

Escrito por Santiago Piñerúa Naranjo

El comportamiento de la mente parece en muchas ocasiones un “orden aleatorio” de un reproductor de música, pero en ocasiones es muy poco lo que comprendemos acerca de lo estrechamente ligados que se encuentran nuestros pensamiento y las experiencias que cada día agregamos y fusionamos de manera inconsciente a nuestra construcción mental.

Los artistas poseemos un hipervínculo entre el subconsciente y nuestra aparentemente desligada realidad, haciendo que nuestros lenguajes específicos transgredan los imaginarios de realidad colectivos y nos ubiquen en un sector de la cognición que limita con la locura y la genialidad, haciendo que fluctuemos entre éstas con tal propiedad que muchas veces no reconozcamos a que sector pertenecemos realmente.

Hace tiempo ví el flim "La Ciencia de los Sueños" del Director Michel Godry, y hoy considero que la película plantea correcta y muy atractivamente la agitación entre lo onírico y lo real, validándolo como una manera diferente de concebir el quehacer humano y transformándolo en una virtud del personaje y del hombre mismo en un plano superior. Veo de la misma manera la labor del artista y de su arte, permitiendo que a través de su obra se exprese su interior y se manifieste en un espacio externo del cual se nutre y a su vez nutre.

El arte enseña a soñar y también a hacer realidad los sueños. El arte permite que los hombres expresen en otros lenguajes lo que incluso de la manera más ornamentada suena mal en palabras. Hace que lo que en palabras suena hermoso, se vea, escuche, lea y en general sienta, aún más hermoso. Lograr que los no-artistas entiendan esto y lo hagan parte de su vida más allá de la admiración sujeto-obra de arte, es el logro máximo del proceso que se da en la educación artística.

El puente entre el mundo de los sueños y la realidad se concibe como una ruta que desemboca en un callejón sin salida. Una ruta que no lleva a un fin práctico y que posee visos de ilegalidad, usada por delincuentes cognitivos y lugar de comercio de las más bajas pasiones del ser humano. Los artistas conocen dicho recorrido y por ello se les ve como un producto exótico y disyunto del producto cultural. Atemporales, apolíticos y a veces misántropos, pero envueltos a su vez por un halo de misterio y una sensualidad inquietante.

La evolución del discurso del artista y su obra confluyen en el lugar donde se desarrolla el ser humano que habita tras el artista. Este desarrollo paralelo determina la dirección que toma el proceso formativo de éste. Así mismo en la relación entre educación artística y estudiante es el acontecer del estudiante el que determina el horizonte de su producción.

¿qué tipo de iniciativas, proyectos y acciones concretas requiere el sector artístico, cultural y arteducativo en la región de Latinoamérica?

Escrito por Santiago Piñerúa Naranjo


Como sector nos desconocemos más de lo que deberíamos en muchas áreas, permitiendo que incluso nos neguemos unos a otros, a nuestras visiones y nuestras manifestaciones artísticas. Debemos construir un nuevo discurso a través de un lenguaje artístico que los latinoamericanos, aún sin ser artistas, comprendamos y con el cual todos nos sintamos identificados y partícipes en la configuración de nación y nacionalidad.
Se hace necesario también el diseño de unos lineamientos curriculares que integren las perspectivas de los educandos y que estén acompañados de la regulación, veeduría y sanción por parte del Ministerio de Educación (o estamento similar en cada país) y organismos ciudadanos y académicos establecidos.
Es prioritaria una participación de los actores de la educación superior y la no formal en el diseño de planes de estudio graduales para los niveles educativos previos, los cuales ofrezcan desde el preescolar hasta la media vocacional suficientes herramientas a los estudiantes para tomar carreras del sector artístico sin tener que realizar estudios complementarios a los de su proceso normal.

¿Por qué se enseña suficiente cálculo para ser ingeniero, o suficiente lengua castellana para escribir correctamente un buen ensayo y no se enseña a cantar afinado? ¿O a sentir el cuerpo e interpretarlo junto con el entorno? ¿Por qué no enseñamos a pintar más y dejamos de lado el mito del talento? ¿Por qué no educamos el juicio ético y estético en conjunto para no tener que prohibirles a nuestros estudiantes que bailen reggaetón de maneras que avergüenzan a sus padres? ¿Para no tener que explicarles a los niños que los gangsters y las mujeres semidesnudas que salen lanzando dinero en los videos musicales no responden a la realidad de una sociedad que construye un futuro de igualdad y respeto como pretendemos?

En algunas situaciones las instituciones de formación artística paradójicamente formalizamos la diferencia dentro de marcos rígidos y ajenos a nuestra realidad y nuestro tiempo pero a la vez reconocemos su importancia en una sociedad globalizadora que homogeneíza los discursos y los convierte en mixturas que responden a la demanda de lo intimo, privado y propio en lo público. Desvirtuamos expresiones artísticas folklóricas, pero nos reconocemos orgullosos como parte de su historia. Pedimos a nuestros estudiantes que escuchen más a Bach, a Mozart y a Beethoven pero sólo les hablamos de nuestros compositores nacionales cuando sabemos de su muerte. Como artistas con frecuencia negamos de manera inconsciente la validez de nuestros saberes no académicos y como latinoamericanos a veces no reconocemos la riqueza de nuestras expresiones, actitud que heredamos del proceso de colonización, aún muy marcado en nuestra sociedad.

Las singularidades de los individuos propenden hacia la formación de discursos pluralistas y políticas que les correspondan, pero dicha situación también plantea un conflicto en el diseño de un sistema social que integre, en igualdad, a todos los actores presentes en la sociedad y los convierta en agentes de transformación sociocultural.
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Bernardo Kliksberg... alguien a quien hay que escuchar

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